The North Pole’s snow

La nieve del Polo Norte

El humo denso y gris marcaba un año más el comienzo de las Navidades. Las máquinas chirriantes y el sudor en la frente de los pequeños elfos tejían un ambiente de esfuerzo y preocupación por tener todos los regalos a tiempo. Llegados a este punto, hacía casi una década que la Gran Fábrica del Polo Norte no funcionaba del todo bien. Los elfos que más disfrutaban el frío se pasaban noche y día recogiendo la nieve con sus palas y llenando el motor de la fábrica para que ésta siguiera en marcha. En lo que había sido un manto de nieve espesa y brillante, sólo quedaba el barro aguado y el hielo manchado de gris. Sus días eran cada vez más largos, recorriendo distancias enormes en busca de un poco de brillo de nieve para el motor.

-¡Amigos, amigos! No hay nada que podamos hacer por hoy… -anunció Ralphie, el jefe de la Brigada Nevosa-, recoged vuestras palas y volved a casa.

-¿Y las máquinas? -preguntó el pequeño Elfy, echándose su pala al hombro y desatándose la bufanda.

-El Gran Nicolás ordena que abandonemos nuestros puestos por hoy. Si este invierno nos dejan sin nieve, nosotros tendremos que dejarles sin regalos -concluyó Ralphie en un suspiro.

Cada año era igual. Los elfos acababan exhaustos tras su jornada, raspando cada superficie posible, mendigando un poco de nieve. Volvían a casa cabizbajos, algunos dejaban escapar un par de lágrimas. ¿Acaso era justo que aquellos por los que trabajaban hiciesen aún más difícil su trabajo? Todo elfo nacía con un sueño: ver la ilusión en los ojos de los humanos al abrir sus regalos. La indiferencia con la que respondían era descorazonadora.

Caminando por la senda que llevaba al bosque, Elfy golpeaba con la punta del pie las piedras que se cruzaban en su camino. Los días como éste eran los más dolorosos. En un arrebato, arrojó su gorro al suelo.

-¡No sé ni por qué me abrigo ya! -gritó mirando al cielo.

La lana verde empezaba a mancharse en el suelo. Recordó instantáneamente que no todo era malo: su abuela le esperaba en casa, seguramente tejiendo otro gorro como el que acababa de lanzar contra la tierra. Con las jornadas tan intensas buscando nieve, apenas había tenido la oportunidad de pasar tiempo con ella. Recogió el gorro y siguió el sendero camino a casa. Tal y como esperaba, ahí estaba Yaya Holly arrellanada en su sillón verde junto a la chimenea, con las agujas de punto entre los brazos. En la pequeña cabaña se respiraba el olor a galletas de caramelo y leña encendida.

-¡Alegra esa cara, hijo! ¿Qué te ocurre?

-¿Por qué no se dan cuenta de que nos hacen daño? -preguntó Elfy al tiempo que posaba su bufanda sobre el perchero.

-Eso es lo que más me frustraba a tu edad, desgastarme pintando las vajillas de flores para que abrazaran a sus padres… ¡No me pasaba el año trabajando para que se agenciaran mis méritos! -se indignó Yaya Holly -, ¡hala, ya me he equivocado en la puntada! Estos humanos me sacan de mis casillas…

-Y yo me he apuntado a la Brigada porque me gusta el frío, no para que haga menos veinte grados…

-¡Con tanto calor no hay quien trabaje!

Elfy se llevó una galleta a la boca. Nadie las hacía como Yaya Holly. En lo que corregía su labor, charlaron sobre los planes para la noche. Con la fábrica en pausa podía aprovechar para quedarse en casa esa noche. La elfa no estaba en buenas condiciones: cada día perdía más y más fuerza. La edad no pasaba en vano para los elfos y con las temperaturas tan altas les costaba mucho más hacer cualquier actividad. Esa noche fue especialmente difícil para Holly: sabía que pronto no estaría para ayudar a su pequeño Elfy y animarlo en un sueño que se tornaba más alejado. Juntos, leyeron historias y cuentos que los humanos escribían sobre ellos. Les encantaba reírse de lo diferentes que eran en la realidad.

-Hace semanas que no veo nevar -dijo Yaya Holly al cabo de varios minutos de silencio-, siempre es tan bonito, pero ya casi no pasa. Me gustaría verlo una última vez…

-¡No digas eso, yaya! Te quedan muchas nevadas por delante -corrigió Elfy con el ceño fruncido. No le gustaba que su abuelita perdiese tan rápido la esperanza. Era muy duro pensar en un mundo donde no estuviera ella.

***

La noche dejaba paso al día y se volvían a turnar. El Sol y la Luna danzaban en el cielo, pero la nieve seguía sin llegar. El humo de la fábrica era cada vez más negro. La gran mayoría de unidades para la creación de calcetines y disfraces para perros habían cerrado. Las opciones de regalos eran cada vez más limitadas y los humanos se volvían más y más impacientes. En atención al cliente no daban más de sí, el timbre de los teléfonos era ensordecedor. Se abrió la puerta del despacho del Gran Nicolás. Avanzó con su barriga y su larga barba blanca hasta el balcón y entonó con voz grave:

-¡Queridos elfos, no trabajéis más! Hasta la siguiente nevada es inútil. Al primer copo de nieve, volved corriendo… Estamos en una situación de emergencia navideña.

El murmullo saltó en la sala. Llevaban años trabajando al límite, aunque siempre se resolvía al final. Fueron enviados a casa antes de tiempo varias veces, pero jamás habían recibido órdenes directas de parar por completo de trabajar hasta nuevo aviso.

De nuevo en la cabaña de madera, Elfy se sentó en la cama junto a su abuela. Esa mañana había sido incapaz de levantarse. Su rostro quedó marcado por el asombro al contarle los acontecimientos del día. Nunca había oído que la Gran Fábrica del Polo Norte cerrase indefinidamente. Desde luego eran las Navidades más tristes que había presenciado.

***

Una noche mientras escribía en su diario, Elfy escuchó el más leve sonido contra su ventana. Levantó la mirada, pensando que había sido la pluma de una paloma, pero para su sorpresa, se encontró un diminuto copito de nieve pegado al cristal. Se puso en pie en seguida, dejando caer el cuadernito y su lápiz sobre la alfombra. Entró en el cuarto de su abuela.

-¡Yaya, yaya! ¡Está nevando, vamos a verlo! -susurró con ilusión, zarandeando ligeramente a su abuela.

-¡Ay, hijo! ¡No tengo fuerzas para levantarme, pero qué alegría me das! -bostezó Holly al tiempo que se frotaba los ojos.

-¡Tienes que verlo, yaya!

Con mucho cuidado, la cogió entre sus brazos, tal y como hacía ella con él de pequeñito, y la llevó a la ventana del salón. Sus ojos se iluminaron al ver la nieve caer del cielo. Elfy recordó la orden del Gran Nicolás: Al primer copo de nieve, volved corriendo… Pero al ver la cara de alegría de Holly, se dijo que seguro que aquello podía esperar un par de minutos más. La capa de nieve era muy ligera y apenas cubría las hojas del bosque, pero la luz de la Luna hacía que brillara como el mar de mediodía.

-Parece como si las estrellas hubiesen bajado y se posaran sobre los árboles - admiró Holly, con el reflejo de cada copo en sus pupilas-. He visto nevadas mucho más grandes, pero ninguna como ésta.

***

Yaya Holly pudo volver caminando a la cama. En cuanto se acostó, Elfy se calzó sus botas, recogió su pala y puso rumbo a la Gran Fábrica del Polo Norte. Reunidos en corro a las puertas, se palpaba la expectación entre todos los elfos que tras dos semanas de descanso no podían aguantar las ganas de trabajar. El tintineo de las campanas llamó la atención de todos hacia el cielo: por encima de sus cabezas llegaba el Gran Nicolás, surcando los cielos con su trineo.

-¡Buenas noches, queridos elfos! ¡Pongámonos manos a la obra! -, declaró triunfante el gran hombre barbudo.

La Brigada Nevosa desenvainó sus palas y se pusieron a recoger toda la nieve posible. Los nervios comenzaron cuando dejó de nevar y el rocío no había sido suficiente para relanzar el motor. Tras semanas de pausa, el motor requería mucha más nieve para arrancar. La algarabía de los elfos pronto se esfumó, reemplazada por la decepción y las muecas. Apenados, tuvieron que volver a casa con el Sol poniéndose en el horizonte.

***

La chimenea estaba apagada y no quedaban galletas sobre la mesa de la cocina. En su lugar, había un pequeño paquete con un sobre que recitaba “Elfy” en letras grandes y doradas. Sacó la nota y leyó:

Querido Elfy,
Esta mañana salí a ver de nuevo la nieve y comprar caramelo para tus galletas preferidas. Estaba de camino al mercadillo, cuando justo antes de la entrada, vi el puestecito de un humano. Lógicamente me asusté, pues nunca había visto un humano tan de cerca. Vendía unas pequeñas piedrecitas y arenas muy bonitas y brillantes. Dijo que se llaman “diamantes” y que las hacía él.
Quiero que las pongas en las estanterías de la casa. Cuando yo no esté, quiero que te acuerdes de mí y de nuestra última nevada juntos. ¿Verdad que son iguales a los copitos de nieve?
He vuelto para dejarlas en casa, pero vuelvo a salir en busca de tu caramelo.
Te quiere mucho,
Yaya Holly.

Dejó los diamantes sobre la mesa. Comenzó a colocarlos uno a uno junto a los cuentos de Navidad escritos por los humanos. Posando el último junto a un librito que hablaba de un tal “Grinch”, lo observó con cuidado, viendo todas las facetas que despedían luz. Pensó en las palabras de su abuela: ¿Verdad que son iguales a los copitos de nieve? Sobresaltado, los reunió todos y los guardó en el saco. Salió corriendo hacia la fábrica. ¿Sería algo tan parecido a la nieve capaz de engañar al motor?

-¡Gran Nicolás, he tenido una idea! - gritó al llegar, deseando que al menos el jefe estuviese en la fábrica. Asomó la cabeza por la puerta de su despacho.

-¿Qué haces aquí, Elfy? Vuelve a casa, no podemos hacer nada -contestó exasperado Nicolás.

-¡He tenido una idea! Mi abuelita estaba en el mercadillo cuando un humano le vendió estos polvitos que brillan. Me recordaron tanto al brillo de la nieve, que tal vez podamos usarlo para el motor… -sacó un puñado de polvo de diamantes y se lo mostró.

Nicolás acercó los ojos a la pequeña mano del elfo.

-Sí que es cierto que es igual - dijo finalmente, arqueando las cejas -. Probémoslo, es nuestra última oportunidad.

Marcharon al reactor y Elfy introdujo los diamantes por el tubo. Un chirrido, dos, tres y un temblor: ¡había funcionado!

-¡Excelente! Sube a tocar las campanas y avisa a todos tus compañeros, ¡hay que volver a trabajar! Me marcho cuanto antes al mercadillo, tengo que hablar con el vendedor para que nos dé más de esos “díadeantes”. ¡Dale las gracias a tu abuela! -de un brinco subió a su trineo y arreó a los renos. Comenzó a volar y desapareció entre las nubes.

***

Al cabo de una hora todos los elfos habían vuelto a la fábrica. La producción marchaba sobre ruedas. El Gran Nicolás supervisaba la sección de juegos de mesa con una sonrisa en los labios. Salió tarareando un villancico, buscando a la Brigada.

-¡Elfy, ahí estás! Me gustaría hablar con tu abuela, que ha salvado la Navidad.

Elfy sonrió y se puso las orejeras. El frío empezaba a calar y se respiraba el buen humor. Tomó una vez más el camino a casa, pensando en si su abuela habría llegado a casa ya. Tenía que agradecerle haber hecho de nuevo sus sueños realidad.